Sus tacos hubiesen hecho resonar el suelo si horas antes no hubiera nevado tanto. Tan solo lo que hacían eran dejar dos tatuajes de andanza a cada segundo, pero no era suficiente para su andar elegante pero ensoñador. Su sobretodo a cuadrillé le llegaba a la mitad de las pantorrillas, dejando a la imaginación la forma de cuerpo de mujer salida de un sueño de Dionisios. A la vista siquiera estaban sus blancas manos, que descansaban en las pronfundidades de los bolsillos que escondían caracoles que había recogido el pasado verano una noche de insomnio recorriendo en soledad la orilla. La boina mistificafa su rostro de porcelana blanca. Sus ojos grises de pestañas largas miraban el suelo insistentemente. Un, dos, un, dos, un, dos. Miraba la punta de sus botas, realmente.
Levantó una rafaga que hizo volar de los abedúes gotitas de nieve que fueron a parar en torno a ella, como un remolino de luciérnagas blancas. Sus ondas rojizas levantaron vuelo junto con el transparente silencio. Por un instante levantó la mirada, y su cabello se acomodó como una cascada en su espalda nuevamente. Su mirada volvió abajo, al misterio de sus botas malgastadas.
Mucho tiempo llevaba caminando a su lado. Camino a la orilla, la vió pasar de lejos y no encontró más refugio que el de su perfume a primavera robada de un duende de duraznero.
Respiraba suave. Su boca era roja como una cereza madura, era como un misterio entre tanta quietud a aquellas horas. Él no dejaba de mirarla, pero ella tan solo miraba el suelo. Sabía que ella sabía que él estaba allí hacía tanto. Tan solo caminaban derecho, y ella siquiera alzaba la mirada al cruzar la calle. Parecía tan solo guiarse por el sonido de algún motor, que hubiera roto aquel vil silencio. Él también había metido sus manos en los bolsillos.
Destrellos robaba el Sol débil al perfil de su dama. Aquel ángulo perfecto de su pequeña y respingada nariz, la curva de sus pestañas, el brillo que iluminaba sus ojos como lágrimas detenidas. Era ella.
- Te amo. Eres la mujer que toda mi vida he esperado.
Sus labios se entreabrieron apenas, y volvieron a cerrarse. Nada. Ni un minúsculo movimiento de sus manos, que se mantenían ocultas en las pronfundidades de aquel sobretodo que oscilaba entre el marrón y el rosado. Ni un ligero temblor. Ni un suspiro. Ni un apenas aleteo en su respirar tranquilo. Siquiera parpadeó. Siquiera.
Nada.
- Lo siento, me llamo Kevin... Pero creía que no era relevante en este momento.
Un, dos, un, dos, un, dos. Nada.
Por supuesto que nada. Un desconocido que llega, no dice palabra alguna y tan solo se limita a decir aquello que ya nadie siente, que en aquel mundo frío y gris ya era imposible. Por supuesto que nada.
Aún asi, su corazón esperaba por lo menos una sonrisa de respuesta. Al fin y al cabo, era ella. No podía no ser ella.
- Te amo, como sea que te llames. Lo siento, pero siempre te amé, aunque recién te he conocido.
Levantó nuevamente el viento, y con él una hojita de abedul voló en dirección hacia ella. De repente y con un movimiento ágil de la mano, la atrapó en el aire y se la llevó a las profundidades de su sobretodo. A él siquiera le dió tiempo de disfrutar la blancura de su misteriosa mano derecha.
Una sonrisa asomó en sus labios de fresa, revelando unos dientes que hacían parecer la nieve en tonos que oscilaban entre grises más oscuros y más claros. Parecía una princesa de hielo.
Levantó una mano para tomar su brazo y obligarla a detenerse, pero alguien se adelantó y tomó su brazo antes, obligándolo a él mismo a detener la marcha. Ella continuó.
- ¿Qué haces, muchacho?
Kevin volvió la mirada. Era un anciano, que pese a usar bastón mantenía la fuerza suficiente como para detener a un jóven de 25 años enamorado. Intentó soltarse, pero lo mantenía fuertemente sujeto.
- ¿Qué...? Yo... necesito decirle algo a aquella mujer.
Una sonrisa nostálgica se dibujó en sus labios. Sus dientes amarillos no tenían ni sombra de los de ella.
- ¡Mi’hijito! Ella jamás podrá oír nada de lo que digas... Ella es sorda.
Sintió como el anciano aflojaba la presión de su brazo y se alejaba arrastrando los pies, acumulando nieve en la zona superior de sus antiguos zapatos. Y dejándolo solo.
Un, dos, un, dos, un, dos.
Kevin se quedó mirando el camino de abedues, los pasos que habían quedado de la larga caminata que ahora ella continuaba sola. Su figura que cada vez se hacía más pequeña, recortándose contra el horizonte que la enmarcaba como la dueña de tanta quietud y silencio, que la rodeaba y la envolvía. Se quedó mirándola.
Y comenzó a nevar.













Comments
chiste! es un lindo relato pecosa! Describís muy bien y generas buenisimos climas narrativos. Casi te diria que uno se siente un espectador indiscreto
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"Él quería un gatito para acariciar y vos sos un tigre de bengala" - me dijo Neni -
Sigue asi, chica!
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Si son bellos, lucilos!
Me gusta la imagen en general, pero como no creo en el amor a primera vista no puedo dar una opinión mas profunda respecto del argumento
Ah, me parece que le pifiaste en al categoria, es prosa.
Un abrazo.
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~°º¤ø} Nâtµ Åmßar {ø¤º°~ I
1 de cada 3 conejos de Birmania fuma marihuana.
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Gracias por esos halagos mi querida amiga! De verdad que a uno lo hacen sentir unico y especial
Este relato es especial
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Cada dia trae en si la Eternidad
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"Él quería un gatito para acariciar y vos sos un tigre de bengala" - me dijo Neni -
Puuuf me diste con un caño eeeh!
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Cada dia trae en si la Eternidad
Esa sensualidad es la que tu generaste en mi, Lucilo hermoso! Soy una chica sepsy
Sabes que vos generas esta magia en mi y que cada dia soy mas feliz a tu lado?
Gracias, vos sabes por que. Mi rosa, TE AMO tantooo!
Y mil gracias mi vida por el favorito! Me sorprendiste, como siempre!
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Cada dia trae en si la Eternidad
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Cada dia trae en si la Eternidad
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